escribir
escribir
escribir sin parar
sin pensar de corrido sin puntos ni comas
con la urgencia de la boca en el mar
la rabia del currante
la pasión de los que esperan el primer amanecer
escribir al muerto que nos habla
desde la memoria y desde el olvido
escribirle al que no dejamos de obligar a renacer
al que rompió la paz que nos cansaba
al que está en nuestra piel
al que nunca se marcha
escribir por amor
por dolor y por odio
escribir para vos
para tú para él
escribir para nadie y morir en la letra
escribirle a la mancha pequeña
que tiene por cielo
el peso del agua
que albergó la plaza
y el aula
que rompió la risa
y la regaló sin miedo
escribirle al árbol al fruto
a la hoja y la gota
a la tierra
a la sal a la herida
escribirle a la que hundió
el grito en la sangre del no
a la del terror de la llave
a la que parió el dolor
cuando nació mujer
escribir puertas
besos prohibidos armarios
y desprohibir todo escribiendo
escribir sin parar ni pensar
así
de corrido
sin puntos ni comas
Un poema de Bécquer y otro de Cernuda
Identidad
Bajo una piedra sin musgo
descubrió su nombre.
Tampoco tenía edad
ni talla ni ceniza.
Nunca fue muro
ni escarpa ni sendero.
Brillaba
en la eterna sed
de los caminos.
Era el rescoldo del olvido
Bajo esa piedra sin musgo
estaba su nombre.
Dos poemas de Delmira Agustini
Esencia
Aquel que entró a la noche
porque vivía
en la luz de las escenas.
El francés que mataba
o que escribía el verso en la pared
o que murió diciendo
que algún día moriría de amor.
O ellas,
las grandes fabricantes de finales
que se quedaron pequeños
frente al ardor de lo vivido.
Siempre escondido
bajo cientos de pisadas,
aroma que huye del frasco,
violinista de una esquina
que el tiempo quiere borrar,
sonrisa del ciego,
mendiga lela,
farol tibio.
Y en un rincón del poema
hora tras hora
alguien busca el sentido
al orden caprichoso de las letras.
Y en su desvelo ignora
que la palabra es él.
Dos poemas de Raúl González Tuñón
Dos poemas de Paloma Corrales
Dos poemas de Idea Vilariño
Los sueños del poema
A Elvira Daudet,
porque dice que odia a esa vieja extraña.
La pavura del pájaro en el fuego,
la palabra condenada,
la idea que se vuelve muda,
el viento cruel de la cuesta.
Un dolor tiñe rincones
con las lumbres que agonizan.
Y sin embargo
la mancha intuye su derrota
y una guerrilla de versos
amanece cuando empuñas
los sueños del poema
en el teatro de las batallas perdidas.
Brota entonces el reflejo
en el canto de las gotas,
crece en el verso la palabra
y tú que sabes del amor en el vacío,
sigues amando
como sólo eligen
hacerlo las poetas.