Aquí

Aquí el dolor de la ausencia,
aquí el ave que atormenta su vuelo,
aquí la distancia y aquí el olvido.
La vida en otros,
el furor al rayar el alba,
el brote y casi la flor.
Aquí el hambre,
la barca y el grito.
Aquí la dignidad y la derrota,
aquí el temblor que amamos,
aquí la palabra y aquí el polen.
Musgo,
hombres vencidos, la piel,
la calle y el pasado.
Aquí el latir del caballo,
la carta que no viaja,
un arroyo y el pez.
Aquí la edad,
aquí el tiempo y la miseria
aquí el dolor y aquí el abismo.
Aquí el lugar donde volvió el nacer.
Aquí donde será la muerte.

El labio en la roca

«El labio en la roca» es un libro de poemas que escribí durante el 2017. Lo he editado en forma digital y os lo podéis bajar gratuitamente del blog en la página «Descargar mis libros». Como aperitivo aquí va el primer poema del libro:

Detener el vuelo

Detener el vuelo
y posarse en la vida de la roca
por donde mana
el agua del desierto.
Besar la piedra
y descubrir que sonríe
con la paz de una madre.
Descifrar la raíz
oculta bajo un manto de liquen
e iniciar el camino
aunque el final no exista.
Obedecer a un dios desconocido
y no amar al hijo.

Creer la leyenda
y así escribir el poema.

Autobiografías

Escribo autobiografías. No me va mal pero a veces pienso que no es un buen trabajo para alguien que en su adolescencia tuvo un par de crisis graves de identidad con episodios de despersonalización. Esporádicamente se me repiten. No igual, más suaves. Pero ahí están. Casualmente ninguno de mis clientes padeció de nada similar o no quiso reconocerlo con lo cual en ninguna de sus autobiografías aparece este hecho tan importante en mi vida.

Cada una de las autobiografías no basta para resumir mi existencia pero reunidas todas ellas pintan un panorama bastante detallado de lo que mi vida fue o es. Nunca descarto a ningún cliente. Los tengo de todo tipo. En cierta ocasión tuve que escribir la autobiografía de un famoso escritor que ya había muerto. Fue un encargo de la editorial que lo publicó como obra póstuma. Y tan póstuma.

El trabajo me resulta entretenido y gano bien. Aunque a veces es algo complicado. No tanto por las características del cliente como por mi necesaria disposición a mimetizarme. No siempre estoy preparado para hacerlo y si no asumo la personalidad del cliente el resultado no es creíble y no quedo conforme con el trabajo. Supongo que el cliente tampoco aunque esto me importa menos.

La autobiografía que más me costó fue la de una arquitecta transexual que cuando tenía 48 años decidió asumir que era una mujer y no un hombre como su dni decía. Fue un trabajo duro escribir sobre toda la primera parte de su vida. Duro y angustiante. Tuve que luchar contra la terrible sensación de no ser quien decían que yo era. Mis relaciones cambiaron. Me contactaba mal con mis amigas y mis amigos. Sentía que nadie podía acompañarme. Finalmente me recluí en casa optando por no salir hasta que acabara la autobiografía de la arquitecta. Todo cambió cuando acabé el capítulo en el que ella asume su condición de mujer y como mujer comienza a vivir su vida. Me sentí totalmente aliviado. Desapareció la angustia. Todo me fue más fácil. Noté que mis amigas y amigos estaban más cómodos conmigo. No parecieron alterarse por mis labios pintados y mis medias de encaje.

Tu nombre

Como un navegante que sabe del naufragio
el tiempo lleva tu nombre.
Presa en los desvanes del silencio
lleva tu nombre la palabra.
Y lo llevan los pasos
que no puse en la balanza
cuando creí morir.
Y también el aire
que me asfixia y me da vida.
Lo encuentro en mis cajones,
en los papeles sin cuaderno,
en las fotos,
en mi empecinada tristeza
que cada día te trae
encerrada en otro invierno.
Lleva tu nombre
el quebranto de saber
que nunca leerás
el verso que escribí
aquella primavera.
Y en cada rincón
de las horas que me acosan
me espera la inclemencia de saber
que sólo tú, madre,
no llevas más tu nombre.

Lo único certero

Para mi querida amiga Silvia Cuevas-Morales,
sólo por contradecirla.

“Debe ser verdad lo que dicen,
la única certeza
está al final del camino”.
Silvia Cuevas-Morales

Jamás serás lo certero.
No he tenido
el displacer de conocerte.
Conozco en cambio el camino
la pena, el odio,
el amor y la alegría.
También la acidez de estómago.
Todo eso que llaman vida
y que he recorrido hasta cansarme.
He intimado con ella,
con ella he ido y he vuelto,
he tallado pasiones,
he dibujado fronteras
y luego las he borrado.
He sufrido el dolor
que provoca en mi rodilla,
en mi alma y mi riñón.
Es por eso que soy un convencido
de que ella sí es certera.
Tan certera como la fatiga,
los anteojos rotos
y el agujero en la media
por donde asoma, si quiere,
el dedo gordo.
Sin embargo
a ti nunca te he visto.
No he mordido tus garras
ni he sangrado por tus heridas.
No me has anidado
ni parido
ni gestado.
Ni siquiera he podido comprobar
que sepas sonarte los mocos.
Si te acercas más
y quieres sorprenderme
me encontrarás vivo y aquí.
Pero si te haces certera
ya no estaré para comprobarlo.
Jamás podrás
convencerme de que existes.

Sola

Cierra los ojos
y en la sombra de su interior callado
sus pasos caminan la exquisita soledad.
Y vive esa otra vida,
suave,
sin amantes que traicionan,
sin pozos de pasión abrupta,
sin rencores añejados en cubas oxidadas,
sin resacas agrias,
sin sed ni sequía.
Habrá en su boca una sonrisa
cuando el café con su perfumado oscuro
complete el despertar en la cocina.
Y ella estará sola
leyendo el libro mudo.

El pájaro y la tumba

El pájaro picotea las semillas
que cayeron ayer sobre mi tumba.
Lo conozco. Lo he visto bailar
saltando entre las ramas del abeto
una danza que estrujaba la vida con las alas.
Temí que el viento lo lanzara
por el sueño de un barranco.

Él ahora picotea las semillas
que cayeron ayer sobre mi tumba.
Agotó la danza o la hizo triste
y echó a volar en busca del calor que le negaba
el lugar que más amó.
No sabía del apego a otros paisajes,
a cualquier lugar
donde no anidara el frío de la muerte.

Y ahora picotea distraído
sin saber que las semillas
cayeron ayer sobre mi tumba.

Mirando al Sur

Te has tomado un descanso en tu añorar.
Los recuerdos quedan solos a tu espalda.
Hojeas sin prisa un periódico cualquiera
y buscas la noticia que nunca escribirán.
Allá lejos,
tras aquella línea curva
la vida es de otra gente,
el Sur existe y tú no estás.
Cuando asome la noche
y vuelvan en silencio los recuerdos,
entrarás al bar
de la mano de un pedazo de nostalgia.
En la mesa de siempre mirarás por la ventana
y habrá un hueco:
el de otro bar, otro banco,
otra mesa, otro mar.

Del libro «Del alba al ocaso»08MiralSur

Fotografía: Héctor Zampaglione