Era el silencio de la alondra en vuelo.
La magia de una sombra que se aleja.
El péndulo en la pluma.
Y era la espera,
la incesante espera
de lo que nunca vuelve.
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Ataúdes vacíos
Los ataúdes vacíos
hace años que esperan.
No hay color
en los rincones del mapa.
Donde antes clamaba el grito
ahora el silencio es el clamor.
El hombre junta arrugas
y bebe el vino rancio
en la esquina que abandonó el padre.
La ciudad sólo cobija ausencias.
Bajo el arco iris
Bajo el arco iris
un olor a madreselvas.
La canción echa el ancla
y el marinero ciego
ya cansado de silbar
piensa en el camino.
El cangrejo muere de sed
en la playa que mañana habrá.
Los arlequines bailan desnudos
en una esquina con mago y ajedrez.
Un niño pinta cabras
en botellas que lanza al mar.
El cangrejo, un arlequín,
el marinero y el niño
se sientan a esperar el resplandor.
El que nunca llegará
El que nunca llegará
es un hombre
que extravió la llave
y en la espera
aprendió el olor de las adelfas,
las encinas, los madroños.
Que habita cuevas
donde duermen poetas ciegos
cansados de mirar donde no ven.
El que nunca llegará
olvidó el dibujo de los mapas,
los puntos y las rayas
y el orden de los colores.
El amor del que nunca llegará
es un tronco con raíces en la nada.
La tarde, la piedra y el río
Los años lo habían llenado de canas, arrugas y evidencias. En las tardes junto al río le daba por recordar. Amaba ese verbo como antes había amado al verbo amar. Se sentaba siempre en la misma piedra y comenzaba a contar peces. Cuando la cuenta se perdía entre el serpenteante ir y venir de los bichos y las aguas, él comenzaba a oír la llegada de los primeros recuerdos. Siempre venían de la mano de Analía quien en su otra mano llevaba el ramo de flores silvestres que él le regalara bajo el frío de los brotes del cerezo. La noche lo encontraba hablando con ella y los tres amigos que siempre tuvo. Sabía que después de la noche el amanecer le haría sufrir el dolor de estar solo, agotado ya de tanto recordar. Entonces llegaba el sueño y un par de horas después despertaba para esperar la tarde, la piedra y el río.
Musa
Te esperé
sentado ante un montón de hojas en blanco
y la botella
medio vacía a veces
y otras medio llena.
Pensé que traerías
un hallazgo entre las letras torturadas,
versos con el recuerdo
de la mujer que no supe amar,
el llanto en el alcohol cuando se vuelve poema
y la canción de un juglar.
Llegaste de la mano
del sueño, la soledad
y el oscuro reflejo de la nada.
Como siempre.
Libertad
Decir muro y caer
la espera del viejo,
eslabón tras eslabón,
en la orfandad del otoño.
Decir tiempo y nacer
la víscera al abrigo
del nido. Y el pan
cuando sangra en el hueco.
Decir aire y volar
la pluma entre la herrumbre
y la reja que el canto
del jilguero mata.
Decir grito y dejar
la herida abierta
al verso oculto
en la boca de hambre.
Con un fervor de poetas
Con un fervor de poetas
dice que construye la pared
con ladrillos que son huellas
de un pasado que no cree recordar.
Con una ansiedad de adolescentes
recorre olores y tactos
y no cierra
la puerta de una dicha
que a veces entra ciega
y otras sale sin mirar.
Con un temor de ancianos
camina ideas en el lodo.
El fervor fatiga la espera,
el marco muere tras el ladrillo
y la huella sólo se deja pensar.
La llanura y la montaña
En la profundidad del pasado
la llanura cultiva la espera.
Desde la montaña
el desterrado disfruta
de la ciudad que besa
a un mar pequeño
salido de los mapas de la escuela.
Solo allí
el horizonte es un tal vez lejano.
La soledad de la barca
La espera teje las artes
con la herrumbre de las horas.
Mansamente baja el agua
mientras el cauce relata
el viaje del sol.
Presa de la madera
la barca mira el paso del río
que guarda el camino
hacia la noche.
El pescador perdido
en la distancia del árbol
no volverá para hundir el remo
en el espejo que avanza.