La mujer de un sueño

La locura
ha navegado el mar de tus palabras;
dibuja un colibrí
que devora tus tobillos
y silba una nana a la peca de tu espalda.
Vive en la sonrisa de beso y silencio,
en el vidrio de tus ojos
que evocan quién sabe qué tristezas
y en ese terciopelo
donde mueren las ausencias.
Cuando el sueño te abandone
en la verdad de otros caminos
sabrás que estos versos
ya no hablan de ti.
Y yo en mi vigilia
tendré miedo de volverme cuerdo
y perderte en el bosque de los soles
que habitan por las noches mi poema.

Si he de elegir

Si he de elegir
elijo el rostro ancestral de la memoria,
la madrugada en el mar,
el balbuceante beso adolescente,
el barrilete que vuela en otros cielos.
Elijo la palabra de mi historia,
el gesto del reparto y la justicia,
la voz que reclama hasta el silencio,
el dios ateo,
el canto de una niña.

Para que surja la nostalgia
como la vieja postal olvidada
en el libro que ya no leeremos.

A veces el viento

En la muerte de Juan Gelman

A veces el viento
llega hueco.
Sin luna, ni arrebato, ni silbidos,
ni el alivio del recuerdo.
La luz se estanca
en la pesadez del ojo.
En la cabeza se agolpan
las palabras sueltas.
Los pasos se arrastran
con un gesto absurdo.

Es entonces cuando el frío
nos deja inertes
en el rincón de la muerte de otro.

La rata muerta

Con un ojo seco
la rata muerta mira el paso de los viandantes.
La boca alberga el gesto inútil
de un colmillo que amenaza al vacío.
Las abuelas tapan la cara de los niños,
el que pasea al perro tuerce su camino,
la señora del vuitton pierde compostura
mientras la rata, insensible,
sigue allí esperando
al turno de crisis que limpie la ciudad.

El perchero

El perchero espera
a que el pensamiento decida colgarse
y descansar de planes imposibles,
castillos de naipes,
novias impacientes.
Entonces el peso de un loden lo rompe
y origina una cadena de infortunios:
manchas indelebles, móvil inservible,
siembra de monedas
y una agenda que equivocará
eternamente las citas importantes.
Es indudable que como huésped
hubiera sido mejor el pensamiento.

El sueño y el bosque

Sobre un manto de bocas sin grito
cae el árbol.
La oscuridad del vértigo
desnuda orquídeas
y el despertar se abrasa
en un fuego que no quema las siluetas.
Un niño huye y el anciano
ahoga su terror en la vigilia.

Poco a poco la luz
llevará la calma al latido

Cantaora

Las manos buscan palomas
y rasgan confines de lunas.
Azucenas negras
tiñen la furia del pelo
y bailan el dolor
si la granada muerde
los labios sangrantes
en el abismo de su boca.

Los caballos alumbran el fandango,
y la jinete,
hechicera veloz del girasol nocturno,
cabalga por un campo salpicado de carmines.
En su rostro clarean
siete auroras sin ocasos
y en su estrofa
un claustro de pasiones
engendra la lágrima, la fiebre
y el cristal de la palabra.

La voz
viajera de siglos y parajes,
compañera del farol de las carretas,
muerta y nacida en pogromos oscuros
trae hambres y violines
y cantos y caminos
y se funde en el gesto
y arde en guitarras que se afinan
en los rincones del vino.

Cuando todo parece que se acaba
ella renace del quejío roto.
Es la dama de la tragedia
que habita en la alegría.

El sol imposible

En el camino de sirga
vaga el murmullo de la plegaria
y el gesto dibuja tumbas vacías.
Allí ha muerto la sonrisa triste.
El agua cubre la miel
y grita la barca nombres sin rostro.
Cuando el día decida mirar
los ojos del niño ciego
el barquero forjará el rumbo
que encuentre la sombra
donde el musgo crece.

Veinte ene

Soy el esclavo que puso piedras
en el santuario de malparidos.
El habitante de las cunetas.
El que tuvo miedo
y no por eso dejó de odiarte.
El que pensaba en el sol
día tras día.
El que habitó los montes.
Soy el desnucado.
El que no pudo cantar.
El que no pudo volver.
Soy el hijo que robó tu iglesia.
La madre seca.
La que espera en vano.

Soy ateo
y no tiene sentido que te diga
que te pudras en el infierno.
Pero en algún lugar
te estás pudriendo eternamente.

Lentamente

Me tenderé
sobre el manto de la orilla
y el lucero forjará mis espejismos.
Entre los huecos que dejan
los sueños de la última pasión
sólo el silencio dibujará caminos.
La tierra tendrá el color del campesino
cuando el ocaso bese la lejana línea
y el pájaro anuncie la fuga.
Cobijado en mis pensares
te veré pasar de largo
y entonces percibiré mi ausencia
con la paz que cinceló el pasado.