La amante cansada

Aquella amante que dibujaba encuentros
entre dos puertos y el mar,
recogió la huella de la almohada
y desertó del lugar de los anhelos.
Cansada de habitar los espejismos
dejó de ser el sueño de un errante
y se coló en un libro de poemas.
Ahora camina
por la orilla de aguas suaves,
es un pájaro sereno.
Le cautiva bajar del carrusel
y adentrarse en el salón de los espejos.

Ahora Lampedusa

La cuerda se suelta
y cae el filo sobre el hombre.
Otra vez la infamia
flota a la deriva.
Los retratos del terror
buscan a los hermanos
que ya no tienen rostro.
Lágrimas de ojos que no miran
se ahogan en las aguas inocentes.
Se ahogan los gritos
que flotaron en el aire.
Hasta el olor se ahoga
en la peste del silencio
que abraza el puñal.
Tierra adentro las ratas plañideras lloran
y procuran no mancharse las corbatas.

Los faustos

Cuando los faustos acabaron
tres veces me cagué
en el monumento a la bandera.
Subí por un caminito estrecho
entre las rosas mosquetas
y versos de jilgueros
hasta que vi aquel lago azul
con peces pintados
de siete colores distintos.
Luego eructé mientras cantaba el himno.
Y a continuación olvidé la letra.
Regalé a las lauchas el libro de historia
y les dije: “buenprovecho”
mientras devoraban mentiras.
Yo,
entretanto,
paseaba por capítulos
que nunca nadie quiso escribir.
Al héroe de la foto
que preside la oficina
del que fabrica el pasado
le pinté una excrecencia
en su frente despejada
y también un bigotito.
El prócer no sonríe,
por lo tanto
no pude pintarle el diente.
Embarqué en mi bote de playa
con un pato por mascarón
y me interné en los arroyos
afluentes del piolín que desemboca en los tres mares.
Cacé una estrella con mi gomera tuerta,
pinté el más lindo granito de arena,
silbé la mágica cadencia
y regresé al monumento a la bandera
donde, con un gesto natural,
voví a cagarme.
Y ya van cuatro.

El lugar de las muertes lejanas

No quiero volver
al lugar de las muertes lejanas
donde la herida duerme
en el silencio que deja la memoria.
Donde no hay voz para entonar las letras
y las manos olvidaron las guitarras.
Donde llora el payaso
frente a los que fueron niños
y las piernas recuerdan
el caminar de la odalisca.
Es el lugar
en el que sólo el viento negro
acaricia las tristezas,
mueve los trapecios
y de noche susurra las ausencias.

La soledad de la barca

La espera teje las artes
con la herrumbre de las horas.
Mansamente baja el agua
mientras el cauce relata
el viaje del sol.
Presa de la madera
la barca mira el paso del río
que guarda el camino
hacia la noche.
El pescador perdido
en la distancia del árbol
no volverá para hundir el remo
en el espejo que avanza.

La palabra estéril

Nada fue escrito en la tormenta.
Imposible decir el rayo,
el color del árbol que se agita,
el brillo de una gota en el alambre
y ese silencio antes del trueno.
Nada fue dicho
del fugaz murciélago
ni del prado que dibuja un laberinto
ni del día que se aferra a la montaña.

De la mano de la noche vendrá la paz
y entonces volverá a ser útil
el dibujo de las letras.

Pesadilla

La bestia empuña la sombra solitaria,
huele la muerte del deseo
y deshace el largo camino de la babosa.
La voz espera el llanto del réquiem final.
La arruga clavada en el tiempo de la herida
rezuma el ácido cigarro,
la canción ingrata y el olvido.
Los pájaros bailan
sobre el cadáver tendido
en la escena infinita del desierto.
La música suena en el espanto
de las vírgenes que miran
el placer lejano.
De cada flor surge la náusea.
Arlequines, bufones, malignos
y soñadores de alboradas grises,
todos beben lo prohibido
entre el vómito y la risa.

Y la mañana no llega a romper
la ardiente tiniebla del soldado muerto.

Ventana que mira

La ventana mira el ojo
y tiembla por la pasión del trueno.
Refleja un espejo donde viven
el vaho del invierno
y pálidas señoras
que beben el cuantró.
La ventana mira el vals,
el cinematógrafo,
el reloj de forma incierta.
Y ahora dibuja el cuadro
de la habitación que desnuda
el temor del hombre solo.

Vuelvo

Vuelvo para saber
si ha pintado los campos el cerezo,
si llegan golondrinas jugando entre las nubes,
si el sol acaricia los helechos.
Quiero saber
si hay renuevos en las ramas del rosal,
si la yegua está preñada
y el pastor ya saca su rebaño.
Quiero saber
si hay algo que augure
la nocturna melodía del rojizo ruiseñor
y las siestas con grillos y cigarras.
Y cada vez que vuelvo
llego tarde y llego pronto:
todo ha comenzado
y nada se ha muerto todavía.