El mar navega bajo la barcaza,
acaricia su vientre temeroso
y reclama su parte del botín:
los trozos de esperanza,
el polvo de los sueños.

Los navegantes esperan inquietos
una señal que les oculte el mar.
Pero no hay costa y el final del viaje
está en el cuerpo hinchado,
en los cuencos vacíos.

Los agoreros no han dado la talla.
El dolor se expone en su rito obsceno.
La náusea escarba en la herida del hambre.
Todavía hay un largo
invierno por sufrir.

Pesadilla

La bestia empuña la sombra solitaria,
huele la muerte del deseo
y deshace el largo camino de la babosa.
La voz espera el llanto del réquiem final.
La arruga clavada en el tiempo de la herida
rezuma el ácido cigarro,
la canción ingrata y el olvido.
Los pájaros bailan
sobre el cadáver tendido
en la escena infinita del desierto.
La música suena en el espanto
de las vírgenes que miran
el placer lejano.
De cada flor surge la náusea.
Arlequines, bufones, malignos
y soñadores de alboradas grises,
todos beben lo prohibido
entre el vómito y la risa.

Y la mañana no llega a romper
la ardiente tiniebla del soldado muerto.