Un aire de potros desbocados

A Camarón de la Isla

Deja la vida
en el quejío
de una muerte azul
y un amor de barro.
Y vuelve en cada coda
de lágrima y adiós.
Así hasta el maldito día
en que olvida renacer
y su voz se sumerge en la negrura
sólo por ver si es cierto
que su cante vive también en la nada
donde el silencio cerró su boca
con un mar de humos y desiertos.
Pero a este lado del camino
seguimos oyendo el desgarro
que abraza las guitarras
en el brusco socavón de una falseta.

En esta tierra arrasada
qué pobres seríamos,
Camarón,
sin el duende de tu voz.

El consuelo

Aunque un día evoques
los poemas que las manos dibujaban en el aire
o el paseo al amparo de una orilla
o aquel vino que reímos inconscientes.

Aunque en alguna siesta amodorrada
abras el cajón donde duerme tu cuaderno
y encuentres la huella
de los senderos olvidados.

Aunque en tu tranquilo atardecer
yo te sonría desde el árbol-casa
y el pan se hornee con pausa pueblerina
y beses la mano que escribió la carta.

Aunque el tren te anuncie
la llegada a la estación lejana
que entonces guardaba
esbozos de esperanzas y futuros.

Aunque yo pase a ser
un amable despojo en tus memorias
tal vez no te haga daño mi recuerdo
por que nunca sabrás cuánto te quise.

Inusual

En el portal
de los otoños mustios
esperé con anhelo a mi tristeza.
Pasaban aguas
y hojas navegantes,
pasiones enfundadas en torpezas,
años rotos,
asombros robados al hastío
y también alguna golondrina
arqueando cielos y tormentas.
Un feriante de misterios
me dio a entender que no vendría.
Entonces
yo arrugué mi espera
en el borde del camino,
seguí tras la huella de mis pasos
y pinté en mis labios fatigados
la suave curva que ilumina a los infantes.

La muerte del poeta

La tarde cae desde la nube quieta.
Un cielo absurdo
llueve la calle desierta
y la oscuridad avanza
entre farolas ahogadas.

La noche y los cerezos persiguen una luna
que arriesga sus blancuras
apostando la inercia en las tertulias
donde el poeta muere en el verbo.

Y el verbo, atiborrado,
se sacude de sílabas y versos,
piensa en los juglares
y añora el orden de las letras en las filas.

Un olor de pájaros vagando
da nombre finalmente a la distancia.

Es posible

El ojo del hambre mira
por la ventana rota.
El zapato
dejó de estar en el niño
y sus pies vagan
por la comida muerta.
El viejo busca
entre restos
los años que le quitan cada día.

En las calles
miles de rostros esperan la limosna
hasta que una boca grita
y las miradas se encaminan a otras luces.
Y el grito se repite
y silencia a la sirena
que anunciaba la llegada
del orden y el respeto.

La mirada exacta

La inquietud la sonroja
con mezcla de delito y desconcierto.
El temor por el devenir ignoto
puede más que la costumbre.
Siempre el mismo gesto
anuncia el imprevisible final.
A veces el peso la aplasta
y el aliento
apesta a sombras inquietantes.
A veces es ligero,
hermoso,
sin un dejo de tormenta
sino el cálido paseo
por aromas ignorados y excitantes.

Sentada, la silla mira
la llegada de la próxima visita.

Ejercicio deseado

Amarte entre colibríes quietos,
hablar de tí en las nubes de uva,
decirte versos de poetas que se mataron
entre dunas que migran ciegas,
vaciar de besos tus cerezas dormidas,
acudir cada siesta a la cita de tus ojos,
oler los azahares en tu pelo,
acunar el grito que nace en el suspiro.