Con la crueldad que ostenta
el despertar de los sueños bellos
padre vuelve
a dejar mi vida.
Nunca valió la pena
la quimérica alegría del momento onírico.
Irrumpo a la vigilia
y a la tristeza de abismo
que comparece cada vez que padre muere.
Suite para chelo
Hay una grieta pequeña en la madera.
El libro tiene el lomo desgastado.
La pelusa agazapada
acecha a la brisa en un rincón.
La lluvia golpea en mi ventana
y siento el suave olor
del ozono destemplado.
El trueno maldice su impotencia
y yo miro el artilugio
donde suena el Sebastián
que los años no ignoraron.
El llanto me acecha en cada frase.
El chelo lastima sus cuerdas para mí.
La violenta melodía
se apacigua en la esquina del dolor
y corro atormentado
hacia el vértigo de un arco.
Pero el silencio
es el compló del sonido fértil
y la paz vuelve a entrar en mi universo.
La flor del lirio
a mis amigos de Junts
Llevaban una flor
de lirio dibujada en sus cuadernos.
Jugaron en la paz de la ladera,
a la sombra del olivo,
con el carro,
el muñeco roto,
los teléfonos de latas.
La infancia fue grabando
el sabor de los higos y las tunas,
el olor de los azhares,
la caricia de las mentas
en las tardes de verano.
Sin darse cuenta de los días
la vida creció,
se hizo amor en los silencios
y siguieron jugando a ser ingenuos
sin pensar en la pasión de la demora.
Y siempre el lirio en flor.
Ahora
los separan
la bala y el espino
y una línea que hiere los parajes.
Ahora
el dolor lacera los recuerdos,
y piensan en destierros,
en la paz de la ladera,
en los higos, en las mentas
y en el lirio
que se seca en los cuadernos.
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Despedidas
A Marta y Manlio
Porque cae el alba
y el vino se amustia en una copa rota,
y las palabras suenan
cada vez más espaciadas.
Porque las miradas llevan
paradojas del recuerdo
y la vida despunta
sólo luces,
sólo sombras.
Porque alguna música
allá lejos en el tiempo
suena a noche,
a caricia,
a olor de río.
Porque en tres momentos
somos viejos en las sendas,
y sabemos que la espera
asomada a la distancia
es el sino de mañana
y los hijos crecen
y son niños
y es otoño en cualquier tarde de estío;
y estamos y no estamos
reviviendo las ausencias entre silencios y risas
y de golpe se confunden el presente,
el deseo y el pasado
y la lágrima se funde en el árbol que no brota.
Porque el alba cayó
como a pedazos truncos
y fuimos
y vimos
y oímos
y dimos lo esencial de lo nuestro
y lo otro
y la palma se unió
con la palma y con el callo.
Es por eso que lloro en los andenes
cuando el tren
se estremece en los adioses.
Se van
En octubre del 2009 murió Santiago Mellibovsky. Santiago y Matilde, su esposa, lucharon durante más de 30 años por encontrar a su hija Graciela, secuestrada desaparecida por la última dictadura argentina. Conocí a Santiago y Matilde cuando yo era chiquito y jugaba con su hijo Leo. Eran amigos de mis padres. Luego, como suele decirse, la vida nos llevó por distintos caminos y dejamos de vernos. Nos reencontramos aquí, en Barcelona, cuando Liliana y Leo llegaron de la Argentina integrando la tropa del duro exilio. Se ve que la vida no nos había llevado por caminos tan distintos…
Unos días después de la muerte de Santiago escribí este poema.
Se van
A Santiago Mellibovsky, in memoriam
Se van
cansados, con bronca,
las manos vacías,
la tristeza instalada en miradas que buscan
en los pozos del tiempo,
en la náusea, el aullido,
en los fondos del mar gris.
Se van
con la boca seca de gritar el nombre,
sólo con el recuerdo,
con la foto,
un cuaderno,
la sonrisa,
el guardapolvo,
el muñeco que despide la niñez.
Y a veces un poema.
Se van
rotos;
arrastran los pies por un camino amargo
sembrado de astillas,
de huellas perdidas,
rojas, borradas.
Arrastran los pies por la vejez deshecha,
por la esperanza,
por el eterno girar.
Se van.
Ya se van.
Se están yendo
y somos nosotros los tristes,
los solos, los mudos,
los que no sabemos,
los que no podemos decirles adiós.
Nos miramos sin vernos
en el hueco del ojo vacío,
en la mudez de la boca yerma,
en la limosna que no se da,
en el hijo que no nació,
en el mapa con fronteras de alambre de espino,
en el óxido del barco hundido,
en la paz que no viene
porque ya ha muerto en la espera atroz.
La tarde
Tiene el color de los callados fríos.
Baja por la cuesta de las horas
y nos espera, confiada,
en cada esquina.
Entonces
las sombras que tuvimos
se aplanan contra las hojas mudas;
el árbol gime porque espera en vano
que alguien sea su canción de cuna
y el ave huye hacia algún lugar vecino
donde la noche abrigue con su manto tibio.
Te inventé y te quise
Aún lloraba
la muerte del jardín y los triciclos.
Entonces mi empeño fue quererte.
Recorría con mis padres tus domingos,
leía tus versos,
oía tus tangos…
Y así te inventé, ciudad,
y así te quise.
Pero hoy
cuando vuelvo a tus rincones
sólo veo las ruinas del recuerdo
en el turbio lugar de la derrota.
Ahora hago de mi patria mi destierro
y viajo desexilios imposibles.
Nunca saben
Ellos nunca saben nada.
Se les dice:
“Seis millones,
treinta mil que no aparecen”
Pero ellos nunca saben nada.
Lloran después,
cuando dicen que se enteran.
Lloran en los juicios,
lloran en los bares,
lloran en la empresa.
O niegan sin pudor
las cifras evidentes.
Ellos nunca saben nada.
Pero si hay que matar
matan
y si no matan también.
El folio
Mario acaba el relato preguntándose si alguna vez lo comenzó. La obra transmite tanta tristeza como sólo un excelente escritor podría expresar. El drama pugna por escapar del papel como si su intensidad no cupiera en él. Los personajes compiten por un protagonismo que llega tardíamente aumentando poco a poco una tensión que parece respirarse y que no se acaba con la perfecta resolución del conflicto planteado.
En su despacho se han ido amontonando botellas vacías de agua mineral, la que consume desde que dejó de beber, envoltorios de regaliz, el que consume desde que dejó de fumar y ese olor a nada en la cocina que se acumula desde que lo dejó su mujer. El desorden en su lugar de trabajo refleja el tesón que Mario ha puesto en su tarea. Han sido años completando folios con miles de palabras, buscando sinónimos, ritmo en las frases, giros idiomáticos, trabajando hora tras hora sentado frente a su escritorio llenando la papelera de hojas arrugadas, combatiendo el sueño y la desesperación. Ahora finalmente sabe que ha completado su obra magna, la que lo consagrará como escritor.
Mario respira profundamente, sonríe y contempla una vez más el folio, lo dobla cuidadosamente, lo ensobra, anota la dirección del concurso y pega el sello.
En el sobre la inmaculada hoja en blanco viajará triunfal hacia el premio.
Desasosiego
Vacío.
Aún oscuro
el frío comienza su diario triunfo.
Aullidos.
El hilo de agua busca perderse en la piedra gélida.
No hay quietud.
La paz pasa de largo
oculta en la bruma crispada.
La sombra busca la montaña
para subir al bosque.
Barro.
Caminos salpicados por las ruedas
de viejos carros ya hundidos.
Grillos muertos. Lagartijas secas que ríen.
Vuela un pájaro.
Llueve.
Y sigue lloviendo y la paz no llega.
Troncos podridos de las que fueron encinas.
Pinares rojos.
Mantos de ceniza.
Soledad en la mañana lóbrega.
El viento silba una despedida.
El pájaro enmudece y cae.
Alguien canta una canción lejana
pero el grito surge
y encubre la voz que al final calla.
Sapos muertos.
Alacranes que acechan.
No hay nada que acabe con esto.
Sólo la vida.
El pequeño sendero se arrastra en la montaña.
Un cuaderno de escuela
aguarda con óxido en los goznes.
El tambor sin parche oculta soldados de plomo fusilados.
El viejo chelista manco fuma en la puerta del estuche
y combate recordando nota a nota la suite.
El pequeño sendero viaja.
Un labriego muerto sonríe
y la mujer de negro lava la camisa ensangrentada.
Pero ésta no es la hora de la sangre.
Es la hora de la paz que no llega.
El niño avanza en la bicicleta rota.
El ojo del hambre mira desde su cara triste.
No hay fusil, no hay bala.
La guerra ha terminado y la paz no está.
No hay hilo de agua.
No hay siesta.
El día murió al alba.
El pequeño sendero entra al yermo oculto en el bosque.
El páramo es un azarbe exhausto.