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Escribir la tristeza con la palabra que perdió la voz cuando el barro se hizo grieta. Escribirla sin temor a que queme la gota que el tiempo hará cristal. Y volverla a escribir en el olor de la higuera o en la nota del chelo o en la foto del barco que trajo al exiliado. Escribir la tristeza sin preguntar por qué ni anunciar la coda, sin acercar la mano a la llama amarga. Escribirla con la pasión del amante, con la amargura que roza el odio. Herirla en la letra y que la letra arda y sea furia o vacío o amor.
También yo entraré en el recuerdo sin tiempo para entender tu viaje. Será lluvia la caricia del otoño en el mes que decía tu primavera. Cavaba un hueco la esperanza, el árbol y el aire de la flor. Fue antes de esa estepa que arrasó las hojas y el perfume. Ahora ya no hay tiempo para entender tu viaje. Tampoco el mío. Sólo queda esperar la mano que abra las puertas del recuerdo oscuro.
Las palabras mordían rincones de leyendas y mientras tanto tú mirabas el poema. Ellas eran el dibujo de los bosques, el canto de pájaros nocturnos, la miel en colmenas yermas. Pero tú mirabas el poema cuando volaban las cenizas y las flores, los niños olvidaban el camino, había amantes tras los muros que el tiempo derrumbaba y pequeñas lagunas encerradas.
Entonces tu mirada era la voz que verso a verso murmuraba las palabras del poema.
Déjelo tal cual, señora. Ya está bien así. Siéntese, y mire el aletear de la calandria o las hojas que va perdiendo el roble o simplemente esa nada interminable que dibuja el horizonte. Y escriba, señora, escriba los versos que han brotado entre hilos, baldosas y cocidos. Y camine, señora, camine suavemente por la vera del río. Camine descalza y que el lodo acaricie sus pies. Convenza a sus vecinas de que se unan a su viaje y dejen todo como está que ya está bien, señoras. Y así, poco a poco sin la prisa que marcó sus vidas acérquense a mirar el otoño en un ocaso, la cola de la estrella fugaz y cómo pasan sin mandato los lentos minutos de los días.
Cuando el final acechaba en las veredas y los gritos herían los zaguanes aquella ciudad fue solo la imagen del patio de un colegio, de la tiza que dibuja la rayuela, de un tango que escapó del viejo fuelle. Allí quedó atrapada y allí se fue muriendo mientras otras memorias comenzaban a acunar al desterrado.
Nadie escribió las memorias de los grillos que agotan su canto después de los fuegos de la tarde. Solo hay cubos llenos de días, de versos, de lugares. Y de silencios de serpientes. Las letras no pronuncian el nombre de los hijos muertos en las guerras de otros. Un bicho dormita en las palabras que anuncian ciénagas y barros. Solo queda hablar de las magnolias cuando en verano muera su perfume.
Cuánto amor derrochado junto a las pequeñas formas oscuras y antiguas que pronto serán el dolor del fuego.
Sé que nunca podré luchar con la desazón de saberte muerta ni con los duendes que atrapan las aves nocturnas. Los dioses que maté anidan en las tripas de un colibrí.
En mis desvelos tras el telón oscuro dejo volar el sabor de los refranes, las palabras que hieren la hierba y la mano que un día derramó la sangre.