Cada vez que acaba
el estío se lleva mi niñez
y las horas muertas de la siesta
no roban más sandías
en el huerto del gallego.
Día a día más precoces,
las sombras de la noche
oscurecen los recuerdos.
Luego crezco y muero
para volver a nacer en primavera.
Cada vez que acaba
el estío se lleva mi niñez,
las memorias se diluyen
y esa voz que me hablaba desde adentro
me suena más distante y más opaca.
Quién llegará de la mano de aquel niño?
Será
alguna hoja de roble,
una mirada que se apaga en los cristales
o un voto de amor
que la riada de los años dejó intacto.
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No estás
Felipe Caridi fue secuestrado por la dictadura militar argentina en un bar del barrio de Almagro, en Buenos Aires, el 22 de noviembre de 1976. Tenía 32 años.
Fuimos amigos de Felipe Caridi desde que nos conocimos en la Facultad de Medicina. El Tano se hace presente cada día en nuestra memoria. Se aparece juntando caracoles, diciendo que era del taco de la bota, cocinando con lo que hubiera, hablando con nuestras madres de las plantas del balcón. Y sobre todo viviendo en la eterna solidaridad, en la coherencia militante que selló cada uno de los actos de su vida.
No estás
A Felipe Caridi
El torvo silencio que abunda
en las perdidas tardes
me anda como tus pasos en los míos.
Hay un otoño eterno
en el cetrino recuerdo de la historia muerta.
No sé qué hacer con la idea,
con la broma o la cocina.
No sé qué hacer
con el fruto que me da el cerezo,
con el libro o la distancia.
Tú no estás
y caminamos perdidos entre los robles truncos,
entre albahacas que no huelen,
entre adelfas mustias.
No tiene sentido amar.
Y el odiar no existe.
Sin embargo despertamos cada día
y amamos y odiamos en los minutos densos.
Y todo vuelve a parecer normal
como la senda que vaga el luto,
como el duelo que ronda en la mañana,
como la pena del que queda vivo.
Inmigrantes
Vuelven del trabajo,
las manos callosas,
el bolso vacío,
los rostros cansados.
El idioma de su tierra
suena lejano en la voz dolida
que tal vez recuerde
travesuras, caricias, cuadernos, penurias.
Añoran el hijo, el hogar, el fuego,
añoran aromas, la fruta, canciones
y esa voz
que quién sabe cómo
les diría “te amo”.
De golpe
el tono se eleva,
las miradas se hacen hondas
y detrás de casi un grito
ríen.
Los ojos rubios se asustan,
arrastran la vista
hacia otro lado,
disimulan la curiosidad del miedo.
Y ellos sólo están riendo.
Ciudad
Aquel niño miraba tus recodos,
las grietas de tus calles, las maderas,
las sombras, las aristas, las severas
multitudes que cambian en sus modos.
Con fondos de adoquines y veredas
en las rúas balbuceaban tus tranvias,
esos trenes amputados, y esas vías
que alojaban petardos y monedas.
Ahora algo pasó. Cruzo senderos
sin hojas, sin otoños y sin huellas.
Intento recordar días enteros
y entonces tengo miedo que en aquellas
figuras de recuerdos callejeros
aquieten sus reflejos las estrellas.
Jornada
El sabor del cristal roto.
Nubes. La luz de una estrella
o un faro en el mar. Noche.
Amanece un frío rojo
y el resplandor hiere el aire.
Luego la mansa siesta.
Un tren pita a nadie.
Un murmullo en la mezquita.
Olor a alcohol,
olor a flor de naranjo.
La bicicleta herida tiembla en la tarde
cuando el gato se hace sombra y cruza.
El sol nocturno cambia de sitio
y todo vuelve a circular distinto,
distante como el ozono que engendró la lluvia.
El pábilo quemó la ingenuidad.
Oigo un ruido a dolor sordo.
La montaña se fuga en las tinieblas
tras el amor de la amante oscura.
Entro al túnel ahondado en la leyenda
e invento la luz de la otra orilla.
Rutina
Por la tarde,
al volver a casa,
frota con esmero sus zapatos
en la alfombrilla de la entrada de su hogar.
Cuelga su chaqueta y su gorra en el perchero
y repite la diligente e inútil rutina
de lavar sus manos bajo un chorro de agua
que nunca alcanza a blanquear sus estigmas.
(Bajo la piel
lleva incrustados
los gritos del último suplicio.)
Luego besa a su consorte,
mira al bebé
que robó de las entrañas
de una mujer que ahora
sólo existe en la huella asesinada
y se sienta a mirar
las noticias en la tele
con un blend en la mano.
Noche
Paso a paso y sin saber de tu presencia
llegaremos a una esquina que no existe.
Allí será tu imagen, allí la niebla,
allí tu voz me llegará como un susurro.
Te vas, volvés y siempre así:
velos, tinieblas, temores y deseos.
Etérea? quizás. Quizás no existas.
Pero sólo lo que sos será lo cierto.
Qué balance podré darte de mis cuentas?
Cuáles besos pondré y en qué platillo?
Qué obra o qué pasión o qué misterio?
La nada o el vaho o una distancia
o tal vez la certidumbre del amar,
un pasaje de ida sola,
la caricia de unos años
y la lágrima final,
la de la noche.
La tristeza no nubla la hermosura
La tristeza no nubla la hermosura
de esos dos rostros cansados.
De pie en el descanso del vagón
el silencio susurra un drama en sus oídos.
Sobran la lágrima y el grito.
El dolor, como un gusano frío,
horada la blancura con un trépano lento.
Miran el túnel
y esperan la estación que nunca llega.
Sus palabras son la mirada suave,
casi en paz con la angustia
que las funde en el abrazo de la queja muda.
Mi sombra es un intruso que comparte su quebranto.
Letralia
Queridos amigos, tengo el gusto de informarles que la revista literaria Letralia ha publicado en su último número cinco poemas míos. Se pueden leer en http://www.letralia.com/239/letras08.htm
Y espero que compartan commigo la alegría!
La hoja y el fado
Suena un fado
y la hoja cae del viejo roble.
Ya hay otoño
en el color ocre
del melancólico hechizo.
Cuando la hoja roce el suelo
la nota, todavía pendiente,
esperará la callada lágrima
que dé voz a la tristeza del roble desnudo.