Tormenta

Ahoga el cielo
una extraña paz inquieta.
Se hace noche
la hora de la siesta.
No hay viento
y un temblor turba a la espiga.
La pálida nube
muestra su garra oscura.
El pájaro esconde su vaivén.
La mariposa huye.
Han callado las cigarras
y las ramas quedan presas del silencio.
El sombrío valle
se tensa en una lenta inspiración.
Y luego
nada es lo que fuera hace un momento.
Suplica la raíz,
grita la hoja
y el agua
rebota contra el charco que ella engendra.
La tarde es trueno, fulgor,
lluvia y destrozos.

Casi así
fue tu amor entre los lirios.

Tu llegada

Sentado en una mesa sin fronteras
espero a que llegues con la bata descosida,
los zapatos con cordones malatados,
tus medias cortas,
tus cejas largas,
una pinza de ropa en la camisa,
en tu pelo una sortija,
un gorrión con el canto de un jilguero
empollando un galgo en tus palabras,
tu culto antiguo
de hablar bajito,
de bajar hablando,
de valsear silbidos,
de silbar bailando,
de morir prontito
y vivir volando.
Confío
en que dejes tres pasiones en la copa,
un dibujo,
un hilito de tu ropa,
la sonrisa en un espejo,
la bolita de pan sobre la mesa,
la cuchara zurda
y el malvón de aquel recuerdo en la ventana.

Pobre música

Pobre música que suena para nadie.
Tristes borrachos que no bailan
y mujeres que no ríen en los bares.
Y los bares que se cierran
oscuros en su pena.
Pobres los payasos de sonrisa congelada,
y los niños que no entran en el circo.
Nadie llora en la ginebra.
El gato rasga su reflejo.
Hay vacíos que se llenan con silencios.
Hombres que alimentan la mentira
de las hembras que se cruzan en su historia.
Novios fallidos. Vidas huecas.
Pasados que no existen
se alejan caminando por la calle.
No hay nadie que pronuncie
la palabra soledad.

El libro y el poeta

Un libro espera la llamada del poeta.
La hoja blanca,
un suave olor a papel nuevo
y un lomo que se encorva ante la idea.
La tapa abre su ilusión
al caminante de palabras.
La palma quieta
niega al recuerdo la escritura.
La letra ha muerto en el empeño
de trepar por los peldaños de papel.
Errante,
la mano se agita entre las plumas,
mira el verbo que no existe
y dice que descansa
de un viaje al infinito.

Amores imposibles

Esperando al tren que nunca llega
surgen de pronto
con la cita del sábado a la noche,
la del pelo tieso,
calcetín azul,
mocasín lustrado,
pantalón de estreno
y esa mágica colonia
que triunfa sobre todos los temblores.

Vienen disfrazados de bondad,
encerrados en cajitas con palabras
y algún pétalo agotado
que vivió en la flor que no se dieron.

Caminan por las orillas mudas
de paseos que terminan contra el tiempo,
entre luces que se encienden y se apagan.
Cuentan y oyen historias de familia,
sublimes
o bobas
o distantes.

Y luego se van,
si es que llegaron,
en los brazos de memorias mentirosas,
en los grises de relojes que funcionan,
y en las manos de un tiempo con heridas.

Desnuda

Sola, apenas quieta,
la envuelve un suave olor
a violetas, a cortezas,
a hojas que han caído.
Sola, apenas quieta,
la fiebre roza su incipiente desnudez.

Los claros ojos
miran su belleza y la comparten.
Su mano busca
dar gozo al deseo que despierta
y descubre lentamente
los huecos del placer.

Sola, apenas quieta,
la virgen espera
el momento del saber.

No tu palabra

Tu palabra no,
son tus besos los que a veces me perdonan.
El dolor de haber perdido
se apagó por un momento entre tus brazos
y fueron esa vez
tus pechos el puerto de mi viaje.
Y quise en tus caderas
ser la magia amanecida en aquel barrio.
Todo en vano:
en mi barca hay más bondad
pero menos valentía
y tus besos ya no saben a malvones.

Tu palabra no,
son tus ojos los que a veces me perdonan.

Albada

Cuando deslices tu sombra
entre los brillos de un agua quieta,
te diré sin prisa
que amanece con pereza,
que el rumor
todavía no es voz
y que el sueño
aún habita en nuestras vidas.
Ven
y deja que el día
se asome sin eclipse.
Quítate el frío de la albada,
curiosea en mis recuerdos intangibles,
mata mi nostalgia con tu gesto
y dime que aunque muera
el sol
volverá a salir cualquier mañana.

Hoy dejé una luz en la penumbra

Hoy dejé una luz en la penumbra,
y esa luna en un alba que devora,
y aquella flor en las arenas ciegas
que besan las orillas de una sombra.
Hoy dejé mi frío en las hogueras,
mi fulgor en el páramo doliente,
y la ternura en la batalla cruel
cebada de clamores y de heridas.
¿Qué puede ser más viejo que mi muerte?
Cuelgo mi voz en un perchero mudo
y salgo a desandar senderos tristes
que siembran de recuerdos mi vigilia.
Contemplo ensimismado mis ayeres.
¿Qué habrá más lacerante que la vida?