Tango

Sonás a lo perdido,
al exilio y a la ausencia.
A lo que quise ser
y a lo poco que fui.
A una calle con empedrado y farol
que se fue con los tranvías.
Sonás a vos cuando alguien te silba,
a las lluvias de otoño,
a cospel,
a cinco guitas y a mis viejos.
A guardapolvos, a tinenti,
a rayuela, a tejo y a malvón.
Sonás a la distancia,
al tiempo,
al primer abrazo.

A la última pasión.

Olía a malvón

En todo caso olía a malvón
y no a geranio.
Porque era el recuerdo
de lombrices bajo piedras,
de sandías robadas,
de caballos que galopaban hormigas
y perros que cantaban
coplas de piratas ebrios.
Lejos, el geranio
saltaba entre balcones,
desnudaba toreros
y vivía la muerte de la soleá.
Mi infancia sembrada de malvones
aprendió tarde el amor de los geranios.

Bosque

En los años de humo y de hollín perdió la noción del camino. Ahora regresa al bosque por un sendero oculto tras las zarzas y el olvido. Será de noche cuando el arroyo cante la canción que oyó en su infancia. Será de noche y no estará solo. Habrá grillos, luciérnagas, ruiseñores y un combate de pieles que descubran el amor. Pero no hay nadie en el claro donde los besos de un muchacho hoy tiemblan en la memoria del viejo. Allí solo está la luna que parece trepar por el silencio.

Ese mar

————————————¡Ay, mi dulce amor,
————————————ese mar que ves tan bello es un traidor!
————————————Cancionero Asturiano

Mira la línea lejana
y el vuelo ondulante
que habita el paíño,
allí donde un barco embrujado
acechaba al pez que huyó de la red.
Mira la nube que traerá otra tormenta
sin barco, sin pez, sin red y sin barquero.
Y van pasando las horas
hasta que el farol
enciende el camino
a esa casa que ahora es soledad.

Vidas

De tu mano
camino el perfume
de los álamos plateados.
El barrio es de algún puerto
de aquí, de allá
o que no existe.
Se juntan
un olor a sudestada,
esa calandria que habitaba los estilos,
la brisa del mar
y la errante golondrina
que va y que viene
y anida en la hornacina atea
para hablarme de otros vientos,
otros soles.
De tu mano
camino el perfume
de los álamos plateados.
De golpe la calandria huye,
se abre el silencio,
la golondrina desdibuja su camino
y nosotros trenzamos
los bordes de una manta
que abriga nuestros sueños.

La mujer y la muerte

Ojalá la muerte venga sola.
Con ese silencio
del que hablan los poemas.
Con la oscuridad
de una paz sin destellos.

Ayer
un cielo gris
inundó mis ojos
y borró la sonrisa.
Hoy me alejo del tiempo
que empañó mis días
y los sembró de aullidos,
de garras y tormentas,
de un cansancio antiguo,
de un dolor de vida,
de una herida que me habla del amor
que una vez creí tener.

Escribir la tristeza

Escribir la tristeza
con la palabra que perdió la voz
cuando el barro se hizo grieta.
Escribirla sin temor
a que queme la gota
que el tiempo hará cristal.
Y volverla a escribir
en el olor de la higuera
o en la nota del chelo
o en la foto del barco
que trajo al exiliado.
Escribir la tristeza
sin preguntar por qué
ni anunciar la coda,
sin acercar la mano
a la llama amarga.
Escribirla con la pasión del amante,
con la amargura que roza el odio.
Herirla en la letra
y que la letra arda
y sea furia
o vacío
o amor.

Tú mirabas el poema

Las palabras mordían
rincones de leyendas
y mientras tanto
tú mirabas el poema.
Ellas eran el dibujo de los bosques,
el canto de pájaros nocturnos,
la miel en colmenas yermas.
Pero tú mirabas el poema
cuando volaban las cenizas y las flores,
los niños olvidaban el camino,
había amantes
tras los muros que el tiempo derrumbaba
y pequeñas lagunas encerradas.

Entonces tu mirada
era la voz que verso a verso
murmuraba las palabras del poema.