La amante oscura

La amante oscura
teje sus sueños en la máquina de arder.
Su pasión es la espera
que abrasa los tiempos del reloj.
Acurrucada
en los cálidos rincones del silencio
piensa en el amor
como en un antiguo amigo
que de vez en cuando la visita
trasteando recuerdos y milagros.
La amante oscura
siempre ama a contraluz,
a contratiempo,
a contrapelo.

Porque extraño

Hay un jilguero
que canta en la ventana,
alguien silba
un tango en los zaguanes
y suena la flauta
del viejo afilador.
Sin embargo
vuelvo porque extraño.

Hablé de años pasados
con la gente que más quiero
mientras los vinos
calentaban las palabras,
las dichas, las calladas.
Pero vuelvo,
vuelvo porque extraño.

Pasó una piba joven
parecida a vos cuando eras joven;
y yo,
que te extraño,
vuelvo porque vos estás allá.

Oí hablar de este país
como si fuera el mío
y así y todo
vuelvo porque extraño.

Sentado en el bar
frente a un café que llegó frío
miro pasar
por la ventana mis recuerdos
y sin embargo
vuelvo porque extraño.

En la casa de mis padres
hay fotos, cartas
y memorias estampadas.
Me llevo algunas
al lejano lugar
que siempre extraño.

Y ustedes,
perdón,
vosotros
estáis allá
esperando a que yo vuelva.
Y yo vuelvo simplemente
porque nunca he dejado de extrañar.

Sentada en el bar

Tus piernas cruzadas
insinúan aldeas profundas,
anhelos de placeres futuros
sólo pensados.
Sería divertido darte este papel.
Contemplar el gesto de tu boca
atractiva, no muy linda;
ver qué hacés con tus manos,
finas, hermosas.
¿Te arreglarás el pelo? largo,
lastimosamente coloreado.
¿Moverás tus piernas?
estilizadas, perfectas,
que se agotan en dos pies
con dedos regordetes,
decididamente feos.

Tal vez entonces
dejen de insinuarse
las profundas aldeas,
los placeres sean presentes
y volvamos a empezar.

Espera

Qué triste la espera,
qué odiosa,
qué brava la espera
cuando la muerte vigila si doblamos la esquina.

Qué amarga la espera,
cuánto dolor en el cuerpo,
cuánto espejo roto en el pozo.

Cuánta soledad desamparada,
cuánto balbuceo,
cuánta palabra que pronuncio
en la ebriedad de mi espera.

Qué horrible la espera,
cómo se arrebuja
en los brazos del recuerdo.

Qué seca la espera,
cómo se solaza en su aridez,
cómo aguanta la mirada mustia.

Cómo viene arrinconando gritos,
cómo huye del amor doliente,
cómo ríe de su propia espera.

Dos poemas a mamá

El testigo

Ayer
la muerte visitó al testigo.
Con tres golpes de plumero
le recordó
que hace tiempo había partido.
Ayer
se acabó la vigilia estéril
y el fin dio comienzo al fin.
El testigo
no presenció su trance.
Hace tiempo había partido
y ciego,
no veía el sacrificio.
Ayer
murió el nacimiento,
el niño se hizo viejo,
calló el saber
y no pudimos atrapar la idea.

Lamentablemente

Sigo siendo,
como siempre me enseñaste,
un irredento ateo.
Hoy quisiera
renegar de ello
aunque más no fuera
por un solo instante.
Pero no puedo,
y mucho menos por conveniencia
y entonces
me despido de manera irremediable.
Y te digo
adiós,
no te veré más,
nunca más,
tú te has ido
y yo me quedo aquí
sin poderte preguntar
si Luis fue compañero de papá.

Como siempre

El círculo no acaba de cerrarse
y miramos el desconcierto que irrumpe
desde las sombras que ocultan el camino.
Una inclemencia helada cae en el hueco oscuro.
El sereno ya no enciende los faroles.
Esa noche nos niega
la calma de la voz amiga.
Caminamos sobre gélidas baldosas
y todo se mueve entre lo gris y la ausencia.
No hay cobijo que aquiete el temblor.
Es la hora del invierno.

Y sin embargo amanece.

Placeres

Tus pechos se derraman
en vorágines de besos.
Son una memoria adolescente,
un torero en la plaza,
el fulgor.
En el postrer adagio de la locura
tus caderas acarician lugares imposibles.

Y luego,
en la sombra del instante
es tu boca la que habla
de pájaros sin jaula,
de flores volando entre lagunas,
de barcos que nos llevan por mares sin finales.

Adioses de cobre

Por esos juegos del azar volvía de una exposición de Barceló cuando Pablo me llamó para decirme que Ruth había muerto. Ella estuvo siempre en mi vida como estuvieron todas esas hermosas personas que mis padres conocían. Nos han dejado un recuerdo difícil de explicar. Espero que la poesía ayude a hacerlo.

Adioses de cobre

A Ruth Varsavsky, amiga

Ya no hay nada.
Las puertas se abren
a cuartos vacíos,
a pasillos que cegaron sus ventanas,
a talleres con lunas menguantes,
gallos que no ven,
espejos opacos,
brujitas muertas.
Ya no hay nada.
Sólo libros que cuentan historias
que no están en los libros.
Cuadros que pintan retratos
de modelos ausentes.
Pasos que resuenan
en estúpidos silencios
dibujados por alcoholes de una tarde.

Ya no hay nadie.
Sólo queda un adiós
en la marchita plancha de cobre.