Te inventé y te quise

Aún lloraba
la muerte del jardín y los triciclos.
Entonces mi empeño fue quererte.
Recorría con mis padres tus domingos,
leía tus versos,
oía tus tangos…
Y así te inventé, ciudad,
y así te quise.
Pero hoy
cuando vuelvo a tus rincones
sólo veo las ruinas del recuerdo
en el turbio lugar de la derrota.

Ahora hago de mi patria mi destierro
y viajo desexilios imposibles.

Nunca saben

Ellos nunca saben nada.
Se les dice:
“Seis millones,
treinta mil que no aparecen”
Pero ellos nunca saben nada.
Lloran después,
cuando dicen que se enteran.
Lloran en los juicios,
lloran en los bares,
lloran en la empresa.
O niegan sin pudor
las cifras evidentes.
Ellos nunca saben nada.
Pero si hay que matar
matan
y si no matan también.

El folio

Mario acaba el relato preguntándose si alguna vez lo comenzó. La obra transmite tanta tristeza como sólo un excelente escritor podría expresar. El drama pugna por escapar del papel como si su intensidad no cupiera en él. Los personajes compiten por un protagonismo que llega tardíamente aumentando poco a poco una tensión que parece respirarse y que no se acaba con la perfecta resolución del conflicto planteado.
En su despacho se han ido amontonando botellas vacías de agua mineral, la que consume desde que dejó de beber, envoltorios de regaliz, el que consume desde que dejó de fumar y ese olor a nada en la cocina que se acumula desde que lo dejó su mujer. El desorden en su lugar de trabajo refleja el tesón que Mario ha puesto en su tarea. Han sido años completando folios con miles de palabras, buscando sinónimos, ritmo en las frases, giros idiomáticos, trabajando hora tras hora sentado frente a su escritorio llenando la papelera de hojas arrugadas, combatiendo el sueño y la desesperación. Ahora finalmente sabe que ha completado su obra magna, la que lo consagrará como escritor.
Mario respira profundamente, sonríe y contempla una vez más el folio, lo dobla cuidadosamente, lo ensobra, anota la dirección del concurso y pega el sello.
En el sobre  la inmaculada hoja en blanco viajará triunfal hacia el premio.

Desasosiego

Vacío.
Aún oscuro
el frío comienza su diario triunfo.
Aullidos.
El hilo de agua busca perderse en la piedra gélida.
No hay quietud.
La paz pasa de largo
oculta en la bruma crispada.
La sombra busca la montaña
para subir al bosque.
Barro.
Caminos salpicados por las ruedas
de viejos carros ya hundidos.
Grillos muertos. Lagartijas secas que ríen.
Vuela un pájaro.
Llueve.
Y sigue lloviendo y la paz no llega.
Troncos podridos de las que fueron encinas.
Pinares rojos.
Mantos de ceniza.
Soledad en la mañana lóbrega.
El viento silba una despedida.
El pájaro enmudece y cae.
Alguien canta una canción lejana
pero el grito surge
y encubre la voz que al final calla.
Sapos muertos.
Alacranes que acechan.
No hay nada que acabe con esto.
Sólo la vida.
El pequeño sendero se arrastra en la montaña.
Un cuaderno de escuela
aguarda con óxido en los goznes.
El tambor sin parche oculta soldados de plomo fusilados.
El viejo chelista manco fuma en la puerta del estuche
y combate recordando nota a nota la suite.
El pequeño sendero viaja.
Un labriego muerto sonríe
y la mujer de negro lava la camisa ensangrentada.
Pero ésta no es la hora de la sangre.
Es la hora de la paz que no llega.
El niño avanza en la bicicleta rota.
El ojo del hambre mira desde su cara triste.
No hay fusil, no hay bala.
La guerra ha terminado y la paz no está.
No hay hilo de agua.
No hay siesta.
El día murió al alba.
El pequeño sendero entra al yermo oculto en el bosque.
El páramo es un azarbe exhausto.

El invierno está aquí

Hoy llueve en Valldoreix y las gotas de agua se empecinan en chocar contra la ventana de mi estudio. Me atrapa el ruido que hacen. Y no sólo el ruido. Ya es de noche y las gotitas en el cristal reflejan las luces de las casas vecinas que se amplían y adquieren un aspecto fantasmagórico. Me quedo embobado mirándolas. Luego escribo:

Gotas, luces, pequeños sonidos.
La lluvia me alcanza
casi en la meta de un atardecer distante.
Mi ventana es un cristal voluble
por el que veo luces que palpitan
y tornan la imagen en deseos.
El invierno está aquí
aunque yo me resista a su presencia.
Siempre vuelve,
comparece con su abrigo gris,
su año nuevo, su poda y su sombrero
incapaz de acomodarse a mis anhelos.
Y así y todo
no puedo decir que me disguste.
No deja de ser yo
vestido de frío y de aguacero
cualquier tarde de estas
en un país lejano.