Amor y versos

Ante los confines de un azul sin sobresaltos
recuerda su llegada al abra del amor.
Él era un poeta
sin caligrafías.
Decía sus versos breves
donde nacen las ventadas
y el aire los llevaba en sus barcazas.
Ella iba atrapando sus poemas
en cajitas de colores que abría por las noches
mientras sus besos deletreaban las palabras.
Se acercaba a sus rincones pero él
entraba año a año en un mundo diferente.
Y un día de bailes y canciones
se perdió del otro lado de una puerta.
Afuera el frío de su ausencia
la convirtió en fabricante de añoranzas.
Navegó hasta que el amor
la unió al barco compinche de sus viajes.
Ahora el áncora oxidada
la mantiene al resguardo de tormentas,
mira unos ojos cristalinos,
oye hablar de pasados ignorados
y piensa que daría cuatro flores
por cruzarse con él en una esquina
y volver a escuchar
los versos que el aire se llevaba.

Atropellos cotidianos

Y súbitamente
se tiñeron de amarillo
los recuerdos, el mañana,
el ruido de la llave y de la puerta,
el pequeño gesto,
una frase,
los preludios del pavor.

El amarillo feroz
la lleva a la cama helada,
duele en el hueco que dejó la ternura,
anuncia la torva mirada
que sale del plato de sopa caliente.

Todo se vuelve amarillo
cuando un hálito de horror
acaricia la brisa oscura,
la culpa ahoga
al cuerpo equivocado,
el día es noche y borrasca,
la ira es una vara repentina
y la esperanza clama para que la vida huya,
vuelva al negro del silencio,
del túnel secular,
del fondo marino,
del abismo,
la pupila,
el punto,
el final.

Era

Era un acúmulo de pasos,
una hierba veraniega,
el beso en un portal oscuro,
un jabalí en la noche de las trufas,
un ansia de seguir viviendo,
un colibrí.

Era un exilio amortizado,
un futuro colmado de recuerdos,
el beso que amanece,
el amor que vive agonizando,
la maldición,
el barrio que se muda desolado.

Era un rincón sin paredes,
el agua en la pecera seca,
el beso en la pasión fugaz,
un terciopelo,
un seis con cinco en cuatro,
la colección de fotos.

Era la película de un niño,
un aura sin presagio,
algo trivial,
el ojo que mira la sospecha,
el inquietante rumor,
la magnolia sin fragancia.

Era el fulgor agazapado en la tiniebla,
una presencia,
el beso que renuncia a la caricia,
la grieta en el desvelo,
el rocío de la hora que despierta,
el silencio de la nieve.

Era tu arte
y tu sombra durmiendo entre las rocas,
tus besos jugando al escondite,
tu gesto en la distancia del ausente,
tu paz en la guerra del ocaso.
Eras vos cruzando la alameda.

La amante oscura

La amante oscura
teje sus sueños en la máquina de arder.
Su pasión es la espera
que abrasa los tiempos del reloj.
Acurrucada
en los cálidos rincones del silencio
piensa en el amor
como en un antiguo amigo
que de vez en cuando la visita
trasteando recuerdos y milagros.
La amante oscura
siempre ama a contraluz,
a contratiempo,
a contrapelo.

Porque extraño

Hay un jilguero
que canta en la ventana,
alguien silba
un tango en los zaguanes
y suena la flauta
del viejo afilador.
Sin embargo
vuelvo porque extraño.

Hablé de años pasados
con la gente que más quiero
mientras los vinos
calentaban las palabras,
las dichas, las calladas.
Pero vuelvo,
vuelvo porque extraño.

Pasó una piba joven
parecida a vos cuando eras joven;
y yo,
que te extraño,
vuelvo porque vos estás allá.

Oí hablar de este país
como si fuera el mío
y así y todo
vuelvo porque extraño.

Sentado en el bar
frente a un café que llegó frío
miro pasar
por la ventana mis recuerdos
y sin embargo
vuelvo porque extraño.

En la casa de mis padres
hay fotos, cartas
y memorias estampadas.
Me llevo algunas
al lejano lugar
que siempre extraño.

Y ustedes,
perdón,
vosotros
estáis allá
esperando a que yo vuelva.
Y yo vuelvo simplemente
porque nunca he dejado de extrañar.

Sentada en el bar

Tus piernas cruzadas
insinúan aldeas profundas,
anhelos de placeres futuros
sólo pensados.
Sería divertido darte este papel.
Contemplar el gesto de tu boca
atractiva, no muy linda;
ver qué hacés con tus manos,
finas, hermosas.
¿Te arreglarás el pelo? largo,
lastimosamente coloreado.
¿Moverás tus piernas?
estilizadas, perfectas,
que se agotan en dos pies
con dedos regordetes,
decididamente feos.

Tal vez entonces
dejen de insinuarse
las profundas aldeas,
los placeres sean presentes
y volvamos a empezar.