La tía Fanny

A Fanny Edelman

Me hablaba de edificios,
calles que existían,
batallas
y señores que lucharon en batallas.
Me hablaba de reuniones,
de poetas que pelearon versos,
de heridos y de héroes mudos.
Y yo escuchaba
como el niño
que fui en mis recuerdos.

Ahora,
por mucho que la imagen de la charla,
el té humeante y su sonrisa
vuelvan sin descanso
a mis ritos cotidianos
otro hueco oscuro
se ha adueñado de mi centro.
Esta vez
es la voz de su relato la que falta.

Cosas que imagino

La dorada aldaba
recorre en sueños
viejos zaguanes
donde la seducción mora
a resguardo del pecado.
El verano en la cancela
acaricia a los perros indolentes.
Golondrinas parloteando
ajenas al artista solitario.
Aguas vanamente cristalinas.
Grutas en maderas rancias.
Los espejos devuelven
figuras hermosas
y una música lejana
arrulla algazaras de gitanos,
Safo descansa
y Antínoo intuye su pasión.
El árbol enano intenta
rascar la guata de una nube.
Un beso se pierde
en el arrebato de lavandas.
Julio llega en el frío del sur
durmiéndose en la siesta del estío.
El romero destila magia
en la mano de aquella morena que sonríe
y acaricia la estrella fugaz.
Todo se junta en un tronco
seco por los años de la imagen.

Y yo sigo jugando al escondite.

Metafísica en el rostro

Su rostro inabordable
sólo deja presumir
que medita hondamente
en algo que insume el esfuerzo de pensar:
la crisis de valores
de esta época angustiante,
el grave conflicto entre dos generaciones,
la esencia del ser y la realidad que lo circunda,
la incoherencia del discurso del poder
o la grave molestia
que le provocan los zapatos nuevos.
Los dos.

Cúspide

Detrás de la seda
las señales y los guiños
avivan los deseos turbados.
La idea retoza entre los poros
al son del máximo momento
que se demora recorriendo el goce.

La yema apenas toca
algún pequeño monte,
una sola suavidad,
la demencia de algún hueco,
el fugitivo que no corre.

De un momento a otro
lo impensado estará sobre los pliegues
resbalando entre gotas,
adentrado en el camino
que descubre cada vez que lo transita.

La serpiente devora la crisálida
y la mariposa suspira
su último deseo.
El vuelo se ahoga en el viento
junto a la flor reciente
que estalla en peces de colores.

Mientras detrás de la seda
las señales y los guiños
abandonan la idea
cuando el máximo momento
entra al sueño del recuerdo.

Amor y versos

Ante los confines de un azul sin sobresaltos
recuerda su llegada al abra del amor.
Él era un poeta
sin caligrafías.
Decía sus versos breves
donde nacen las ventadas
y el aire los llevaba en sus barcazas.
Ella iba atrapando sus poemas
en cajitas de colores que abría por las noches
mientras sus besos deletreaban las palabras.
Se acercaba a sus rincones pero él
entraba año a año en un mundo diferente.
Y un día de bailes y canciones
se perdió del otro lado de una puerta.
Afuera el frío de su ausencia
la convirtió en fabricante de añoranzas.
Navegó hasta que el amor
la unió al barco compinche de sus viajes.
Ahora el áncora oxidada
la mantiene al resguardo de tormentas,
mira unos ojos cristalinos,
oye hablar de pasados ignorados
y piensa que daría cuatro flores
por cruzarse con él en una esquina
y volver a escuchar
los versos que el aire se llevaba.

Atropellos cotidianos

Y súbitamente
se tiñeron de amarillo
los recuerdos, el mañana,
el ruido de la llave y de la puerta,
el pequeño gesto,
una frase,
los preludios del pavor.

El amarillo feroz
la lleva a la cama helada,
duele en el hueco que dejó la ternura,
anuncia la torva mirada
que sale del plato de sopa caliente.

Todo se vuelve amarillo
cuando un hálito de horror
acaricia la brisa oscura,
la culpa ahoga
al cuerpo equivocado,
el día es noche y borrasca,
la ira es una vara repentina
y la esperanza clama para que la vida huya,
vuelva al negro del silencio,
del túnel secular,
del fondo marino,
del abismo,
la pupila,
el punto,
el final.

Era

Era un acúmulo de pasos,
una hierba veraniega,
el beso en un portal oscuro,
un jabalí en la noche de las trufas,
un ansia de seguir viviendo,
un colibrí.

Era un exilio amortizado,
un futuro colmado de recuerdos,
el beso que amanece,
el amor que vive agonizando,
la maldición,
el barrio que se muda desolado.

Era un rincón sin paredes,
el agua en la pecera seca,
el beso en la pasión fugaz,
un terciopelo,
un seis con cinco en cuatro,
la colección de fotos.

Era la película de un niño,
un aura sin presagio,
algo trivial,
el ojo que mira la sospecha,
el inquietante rumor,
la magnolia sin fragancia.

Era el fulgor agazapado en la tiniebla,
una presencia,
el beso que renuncia a la caricia,
la grieta en el desvelo,
el rocío de la hora que despierta,
el silencio de la nieve.

Era tu arte
y tu sombra durmiendo entre las rocas,
tus besos jugando al escondite,
tu gesto en la distancia del ausente,
tu paz en la guerra del ocaso.
Eras vos cruzando la alameda.