En el fondo del mar
la caracola aguarda su futuro hueco.
El agua ahoga una hélice de ausencia
que anima vanamente la llegada de la luz.
Nada alumbra la casa sin huésped.
En el portal
el pequeño pez se espanta
del laberinto eterno.
Un alga acaricia sus escamas
y su esmeralda ahuyenta el miedo esquivo.
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La tristeza no nubla la hermosura
La tristeza no nubla la hermosura
de esos dos rostros cansados.
De pie en el descanso del vagón
el silencio susurra un drama en sus oídos.
Sobran la lágrima y el grito.
El dolor, como un gusano frío,
horada la blancura con un trépano lento.
Miran el túnel
y esperan la estación que nunca llega.
Sus palabras son la mirada suave,
casi en paz con la angustia
que las funde en el abrazo de la queja muda.
Mi sombra es un intruso que comparte su quebranto.
La hoja y el fado
Suena un fado
y la hoja cae del viejo roble.
Ya hay otoño
en el color ocre
del melancólico hechizo.
Cuando la hoja roce el suelo
la nota, todavía pendiente,
esperará la callada lágrima
que dé voz a la tristeza del roble desnudo.
Realidad
Con la crueldad que ostenta
el despertar de los sueños bellos
padre vuelve
a dejar mi vida.
Nunca valió la pena
la quimérica alegría del momento onírico.
Irrumpo a la vigilia
y a la tristeza de abismo
que comparece cada vez que padre muere.
La tarde
Tiene el color de los callados fríos.
Baja por la cuesta de las horas
y nos espera, confiada,
en cada esquina.
Entonces
las sombras que tuvimos
se aplanan contra las hojas mudas;
el árbol gime porque espera en vano
que alguien sea su canción de cuna
y el ave huye hacia algún lugar vecino
donde la noche abrigue con su manto tibio.
Desasosiego
Vacío.
Aún oscuro
el frío comienza su diario triunfo.
Aullidos.
El hilo de agua busca perderse en la piedra gélida.
No hay quietud.
La paz pasa de largo
oculta en la bruma crispada.
La sombra busca la montaña
para subir al bosque.
Barro.
Caminos salpicados por las ruedas
de viejos carros ya hundidos.
Grillos muertos. Lagartijas secas que ríen.
Vuela un pájaro.
Llueve.
Y sigue lloviendo y la paz no llega.
Troncos podridos de las que fueron encinas.
Pinares rojos.
Mantos de ceniza.
Soledad en la mañana lóbrega.
El viento silba una despedida.
El pájaro enmudece y cae.
Alguien canta una canción lejana
pero el grito surge
y encubre la voz que al final calla.
Sapos muertos.
Alacranes que acechan.
No hay nada que acabe con esto.
Sólo la vida.
El pequeño sendero se arrastra en la montaña.
Un cuaderno de escuela
aguarda con óxido en los goznes.
El tambor sin parche oculta soldados de plomo fusilados.
El viejo chelista manco fuma en la puerta del estuche
y combate recordando nota a nota la suite.
El pequeño sendero viaja.
Un labriego muerto sonríe
y la mujer de negro lava la camisa ensangrentada.
Pero ésta no es la hora de la sangre.
Es la hora de la paz que no llega.
El niño avanza en la bicicleta rota.
El ojo del hambre mira desde su cara triste.
No hay fusil, no hay bala.
La guerra ha terminado y la paz no está.
No hay hilo de agua.
No hay siesta.
El día murió al alba.
El pequeño sendero entra al yermo oculto en el bosque.
El páramo es un azarbe exhausto.
Oscuridad
Cuando no haya hasta mañana
ni luego ni después
ni nunca ni más tarde
ni tan siquiera un segundo y voy.
Cuando todo sea ahora,
ya y casi fue,
la muerte y la vida
serán sólo un instante.
No habrá espera ni tardanza
ni pausa ni viaje ni estación.
Y el café ahogará su pena en la cuchara.